Siempre me he sentido atraído por el inigualable encanto de los muñecos animados mecánicamente, supongo que tiene algo que ver con algún que otro viaje a la capital de los animatronics, Disneylandia, que hice de pequeño... Nunca se me ha dado muy bien asustarme de cosas reales, mi imaginación suele ser mucho mas tenebrosa, pero estos siniestros muñecos siempre me parecieron lo bastante fascinantes y oníricos como para cederles el honor de aparecer en mis deliciosas pesadillas, rostros de espuma congelados en el tiempo repitiendo una y otra vez los mismos movimientos, solía imaginar las fiestas que se pegaban por las noches cuando nadie los miraba, en la casa encantada, ahora poblada por un nuevo dueño navideño...
Bizzarradas tremendas construidas por algún genio demente esperan ser descubiertas ahí afuera, esperando, acechando, planeando... hasta que un día...